El vídeo como herramienta educativa

Ayer, en la sesión del Seminario de Teorías y Métodos de las Ciencias Sociales que organizan unos compañeros del máster (y por el que deberíais pasar si aún no lo habéis hecho), la sesión se centró en el análisis de realidades sociales a través del cine de resistencia.

De entre muchas otras ideas interesantes que surgieron, me gustaría rescatar la de que el vídeo está infravalorado: como fuente documental, por no saber hasta qué punto está plasmando la realidad o sólo interpretándola; y como recurso educativo, por considerarse poco académico.

Obviamente, esta posición se defiende desde la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología. Los que hemos estudiado en una Facultad de Comunicación (o Ciencias de la Información o como quieran llamarla; los taxistas lo resumen en «Periodismo») estamos perfectamente acostumbrados a las clases multimedia, y de hecho la pasada semana tomábamos café frente al edificio nuevo y veíamos en simultáneo las proyecciones en tres aulas distintas. Pero sí creo que el vídeo se está infrautilizando.

Como decíamos ayer, es un recurso perfectamente legítimo dentro de la educación secundaria, por su potencial ilustrativo y porque al fin y al cabo no es fácil captar la atención de la generación multipantalla. Gonzalo Abril nos mostró en clase la diferencia entre los libros de texto de hace unas décadas y los actuales y creo que resulta bastante obvio, simplemente viendo una página de uno y de otro, que el modelo de transmisión de información está cambiando. Sin embargo, más allá de lanzar un debate o de tematizar una sesión, poco se hace con este tipo de materiales.

En mi opinión, hay un problema fundamental a la hora de utilizar el vídeo «científicamente», y es la falta de soporte teórico que conlleva el hecho de que sea un soporte nuevo. Como resaltaba un compañero durante el debate de ayer, las ciencias sociales tienen perfectamente asumida su relación con la literatura, que es igualmente una interpretación de los hechos creada interesadamente por un autor, pero no con el cine. Probablemente porque la teoría literaria tiene varios siglos de ventaja sobre la teoría cinematográfica.

Mi experiencia, al menos, es que a muchos docentes les cuesta contextualizar las piezas audiovisuales. No se transmite la misma sensación de relevancia cuando se indica al alumnado que lea un texto que cuando se proyecta un vídeo. ¿Por qué este vídeo es importante? ¿En qué tengo que fijarme? Tampoco parece que haya una cultura de la recepción formada como para que se pueda confiar en que, igual que se extraen conceptos y citas de los textos, se pueda seleccionar la información más relevante, especialmente en un soporte mucho más complicado de manipular que un texto, que se subraya y permite anotaciones en los márgenes. Creo que en ocasiones damos por sentado que la costumbre de consumir cine o televisión es sinónimo de saber ver cine o televisión; que conocer los hits de YouTube nos aporta una educación audiovisual, cuando es obvio que no la tenemos. La escucha activa existe, claro que sí, y por supuesto que las audiencias son capaces de reconstruir el mosaico tras la fragmentación de las informaciones audiovisuales, pero podemos, y debemos, ir un poco más allá.

Considerando la cantidad de producción audiovisual que se está haciendo, como aspirantes a científicos sociales, deberíamos cuidar un poquito esa faceta de análisis, procurar ver más allá de los saltos de eje o los fallos de raccord, tomar una distancia crítica y considerar que, igual que aplicamos los conceptos de la teoría literaria a la sociología o al análisis de la imagen fija, deberíamos considerar la aplicación de la semiótica a este tipo de piezas (por ejemplo, el modelo semiótico-enunciacional de Manetti: ¿qué autor y qué receptor están implícitos en los textos audiovisuales hegemónicos?), para no perdernos una de las manifestaciones culturales que se están dando de forma masiva en nuestras sociedades.

Si ni siquiera nosotros hacemos ese esfuerzo de considerar los productos mediáticos como manifestación cultural, de contextualizarlos, de entenderlos en su dimensión más amplia; si aquellos docentes que ya trabajan con medios en las aulas no empiezan por tratarlos como algo más que un elemento de la iconosfera, entonces aspirar a que la educomunicación forme parte del sistema educativo de forma reglada me parece querer empeza la casa por el tejado…