El anhelo de vivir en modo avión

Hace unos meses hubo en redes cierta polémica porque alguien decidió aseverar que el silencio era burgués. 

En aquellas semanas, en mitad de una de las crisis de insomnio más largas de mi vida empecé a anotar la cantidad de ruidos que me iban resultando molestos al cabo del día. Antes de la hora de comer tuve que parar, porque ciertamente hay cosas de las que es mejor no ser consciente.

Mis problemas de sueño son míos y particulares, pero las soluciones que le voy poniendo no son muy diferentes a las que parecen atajar los malestares del resto. De los tapones a los auriculares con cancelación de ruido, saltándome la etapa de ruido blanco porque no es lo mío, haciendo duelo periódicamente por la cantidad de música que no estoy siendo capaz de escuchar dada esta necesidad de atesorar cada minuto de silencio: elegir la serenidad frente al disfrute también tiene un coste anímico, en mi caso al menos.

El ruido, claro, no es únicamente sonoro. En un período de cambio vital exigente ante el cual mis mecanismos previstos de reducción del estrés han resultado ser claramente insuficientes, siento con cierta frecuencia la necesidad de desaparecer de las redes. 

Desinstalo la app, desactivo las cuentas, y durante unos días procuro abstraerme del ritmo frenético y del scroll irreflexivo… pero, claro, siempre hay algo que consultar, algo que compartir, alguien con quien contactar. No puedo vivir sin ellas, aunque con ellas tampoco. 

De nuevo: sé que estoy lejos de ser la única, cada vez más sensible a los mensajes de “me voy unos días, ya sabéis dónde encontrarme, volveré (o no)”, a menudo señalados como gestos para llamar la atención, por lo poco duradero del periodo de aislamiento, y sin embargo reclamados a quienes se van sin avisar, “menudo susto nos has dado”. 

Me levanto con tiempo y hago un barrido rápido y veo una crítica al interiorismo del beige y blanco, opción más barata del Ikea, decoración de usar y tirar para casas que no llegan a ser hogares porque a ver quién es tan valiente que se atreve a echar raíces. 

Y, seguramente porque leo todo esto después de unos días en los que las relaciones sociales me han resultado particularmente retadoras, pienso cuánto hay de esta reducción de decibelios, de este entorno anodino pero de paz visual, en ese fenómeno tan post pandemia de gente que enarbola la bandera de la asertividad y el amor propio para plantearle a las personas que le quieren de la peor manera posible que no se sienten capaces de mantener el vínculo que tienen.

Conversábamos también hace unos días sobre la sensación de que la concentración ya no es posible, que se pierde en un mar de interrupciones que llaman constantemente a la puerta en nombre de la urgencia, de la importancia, pero también, incluso, de la más absoluta de las irrelevancias, “¿tienes un minuto?, es una chorrada, no te interrumpo, una cosita nada más.”

Captura de pantalla del teléfono con los modos "No molestar" y "Sin distracciones" activados y los modos "Avión" y "Descanso" por activar. En las notificaciones se advierte de que Twitter se pausará próximamente; también advierte de una alarma próxima.

Sumo todos estos factores y lo que veo es algo así como un cuadro de burnout vital generalizado. Un nivel tal de saturación que no soportamos ni un estímulo más. Del “no me da la vida” que reflejaba la endémica enajenación de nuestro tiempo al “voy a apagar el teléfono” como necesidad de recuperar nuestra atención, el nuevo bien de moda de nuestra economía depredadora.

“Ya no puedo ver las noticias, hace años que tengo el móvil en silencio, yo he empezado a utilizar el modo no molestar, ¿alguien conoce una app que te bloquee el resto de apps?”. 

Hace poco me quejaba de que a pesar de la ruptura radical de nuestras vidas que fue la pandemia las inercias se hayan restaurado con tanta facilidad, de que hayamos podido seguir adelante como si nada hubiese pasado. 

Hoy me pregunto si está sobrecarga sensorial generalizada, si esta dificultad para reinstaurar nuestra vida social tal y como era, si esta irritabilidad colectiva no es el chirrido de la bisagra que sigue funcionando a duras penas justo antes de romperse.

Y hasta qué punto no nos vendría bien rompernos de una vez, colectivamente, en vez de seguir engrasando un mecanismo en el que antes o después volveremos a pillarnos los dedos.

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