El mito de la libertad del freelance

Este año tengo suerte: entre que la docencia se ha convertido en una de mis actividades principales y que he cogido las vacaciones en julio en vez de en agosto por imperativo familiar, parece que voy a tener unas auténticas semanas de descanso. O algo así. Escribo este post desde la terraza de nuestro apartamento playero, desde el que he mandado ya al menos media docena de escritos en la primera semana de «descanso absoluto», porque por algún motivo mi cerebro ha decidido que es más sano considerar que escribo por hobby y no entenderlo como un compromiso laboral.

Sin embargo, la mayoría de las personas a mi alrededor no han tenido tanta suerte. Están quienes tienen auténticos ataques de pánico ante la idea de aprovechar la oportunidad de ir gratis a un crucero porque «en el mar no hay cobertura», quienes empiezan las vacaciones peleando con teleoperadoras que no prestan el servicio prometido en el lugar de vacaciones, y quienes pasan los días corrigiendo «exactamente igual que en casa, pero viendo el mar». Tengo la suerte de estar rodeada de excelentes profesionales de mis mismos sectores de actividad y nos podemos echar un cable unos a otros (acabo de responder a una llamada sobre una consulta urgente… relacionada con cómo aprovechar Pinterest, en general), pero, aun así, sabemos que a la hora de la verdad estamos solos.

Imagen de Efi21 via Morguefile

Yo, que siempre he sido de nocturnidad y alevosía, llevo desde que trabajo como freelance un horario extraño pero que me resulta tremendamente eficaz: cada vez me acuesto más tarde, me levanto relativamente pronto, y duermo un par de horas a mediodía. Mi horario y mi biorritmo se han ajustado, por fin, aunque a costa de no estar en sintonía con el resto de los mortales. Eso y poder pasar los días viendo a mis conejos, Nelda y Bowie, disfrutar de la vida fuera del parque donde les dejo cuando no estoy en casa para que no se hagan daño; supongo que el equivalente a tantas personas que disfrutan de la crianza de sus hijos gracias a trabajar desde casa.

Esa es la parte buena, la parte «free» del freelance. Los pijamas, la facilidad para quedar con los mensajeros (y por tanto comprar online y ahorrarse todo el terrible trance de ir de compras, que detesto sobre casi todas las cosas), el ahorro en transporte, sí, muy bien.

Pero hay una serie de desventajas de las que se habla muy poco y que personalmente en verano me pesan más que en otros momentos del año. Esa incertidumbre de «fin de curso», cuando no sabes si los proyectos pendientes y todas esas prometedoras reuniones de septiembre se concretarán en facturas emitidas o no, o si esas facturas emitidas se convertirán en cobros o no, por supuesto. Pero, sobre todo, es esa falta de respaldo de cuando quieres irte de vacaciones y no sabes a quién recurrir si pasa algo.

Hacen falta nuevas estructuras. Hace falta encontrar formas de apoyo mutuo que nos permitan parchear de alguna forma esta inseguridad. Estoy harta de ver anuncios de seguros «por si me pasa algo», estoy harta de mensajes que me convierten en una heroína sola ante el peligro. No quiero estar sola ni pagar por estar segura. ¿No sería más sencillo si nosotros nos diéramos apoyo, si nos organizásemos para estar más seguros? A esta reflexión voy a dedicar mi mes de agosto, así que admito cualquier tipo de sugerencia.

Felices vacaciones, para quien las tenga, o al menos que la ilusión de tenerlas sea creíble y os permita descansar.

[Photo credit imagen cabecera: seeniks via Morguefile]