Tengo 40 años… y me cuesta

Cuando empecé la carrera (mi primera carrera. No donde la terminé. No, donde hice el primer ciclo tampoco. Un año que hice de Comunicación Audiovisual en Sevilla, vaya) tenía varios compañeros de clase que habían hecho primero el módulo de Imagen y Sonido.

Ese año fue precioso. Hicimos mucha piña. Salimos a celebrar el final del primer trimestre casi toda la clase juntos. Había bastante «efecto campamento». A mí esto de tener compañeros tan mayores me encantaba, estaba segura que iba a aprender mucho de ellos. Pero recuerdo en concreto a uno de ellos repetir con cierta asiduidad «es que tengo 33 años… y me cuesta».

Hoy entiendo esa frase de forma radicalmente diferente que entonces. En estos 20 años he entendido que probablemente ese chico no solo era muy interesante y bastante guapo sino también bastante decente y que quizá se refería a la inevitable incomodidad de estar rodeado de veinteañeras que le tiraban los trastos en una situación asimétrica. Pero en aquel momento me molestaba muchísimo. Lo percibía como una declaración condescendiente. Me daban ganas de gritarle: «que te cuesta qué, quién te crees que eres».

Quizá lo era, ojo. Pero el caso es que yo ahora voy a cumplir 40 años… y me cuesta.

No me cuesta relacionarme con gente más joven que yo, la verdad. Al revés: me gusta muchísimo, aprendo una barbaridad y admiro la capacidad de no dejarse aplastar por lo que parece evidente y seguir peleando más allá. Yo me siento cada vez menos peleona… y me cuesta.

No me cuesta aprender cosas nuevas, tampoco. Es algo que siempre me ha acompañado, y que no creo que vaya a dejar de hacerlo nunca. Lo que sí es cierto es que las cosas parecen menos nuevas que antes. Que cada vez tiene todo más pinta de perro con distinto collar, y que suele repetírseme la sensación de «esta peli ya la he visto y no me gustó el final»… y me cuesta.

No me regodeo en el pasado, la verdad. No creo que el pasado sea esencialmente mejor. Creo que hemos tenido momentos históricos bastante agradables de vivir. Lo de las clases medias estuvo bien. La primera etapa de Internet fue increíble. Pero soy consciente de que son anomalías históricas, no quiero «volver al pasado», entiendo por qué se acabó, mal que me pese. Lo que sí me sorprende es que por primera vez en mi vida no soy capaz de proyectarme en el futuro… y me cuesta.

Me cuesta, sobre todo, porque tengo una criatura a la que acompañar. Cuando miro a mi hijo creo que parte de mi trabajo como madre es inculcarle ese amor por el aprendizaje y por el cambio que me llevan sirviendo de motor incluso en los momentos más oscuros. Y, de verdad, lo intento… pero me cuesta.

Me cuesta porque tengo muchas ganas de un poco de tranquilidad, la verdad. Tengo ganas de aburrirme. Tengo ganas de saber exactamente cómo va a ser la vida dentro de tres meses. O por lo menos una idea. Chiquitita. Que igual no se cumple. Pero que sea verosímil. Y cada vez soy menos capaz de crear esa visión… y me cuesta.

Supongo que la crisis de la mediana edad era esto. Porque yo, si algo no he hecho nunca, ha sido aburrirme. Me suelen decir que por qué me empeño en jugar la vida en modo difícil y, bueno, difícil no, pero lineal, lineal… tampoco. Solo tenemos una vida, pero los giros de guión no tienen límite.

Estoy terminando mi tesis (esta vez sí, de verdad, lo prometo. Solo unos pocos meses más) en una disciplina que no es ninguna de las dos en las que me he graduado / licenciado. No sé qué poner en mi extracto de LinkedIn. Hago versiones de mi CV sin parar y me repito aquello de que al final se unen los puntos porque, en serio, narrativamente tiene sentido. De la comunicación a la gente. De la gente a la persona. De la persona otra vez a su contexto amplio. El aprendizaje y el cambio y la energía que los mueven. Sé que tiene sentido pero sé que es difícil verlo desde fuera… y me cuesta.

Llevo toda mi vida dedicada a este hermoso arte de hacer que se unan los puntos. A encontrar relaciones en cosas que no parece que la tengan hasta que se hacen evidentes. De hecho se hacen tan evidentes que un poco después son fenómenos masivos: también me llaman trendsetter cuando soy más bien eso que en 2010 llamaban coolhunters y que ahora parece que no tiene sentido porque lo cool se derrite antes de que llegues a servírtelo. Habría sido una coolhunter estupenda pero soy muy poco cool, la verdad… y me cuesta.

He tomado muchas decisiones complicadas de entender pero no he tenido nunca dificultad en defenderlas. Pero por primera vez me cuestiono todas esas motivaciones… y me cuesta.

Quizá nunca debí dejar el mundo corporativo. Quizá debí seguir en marketing. Quizá debí haber abandonado el marketing mucho antes y haberme quedado de aquellas primeras experiencias con lo que se mantiene a día de hoy, y haberme centrado en el mundo de la formación. Quizá no debí empeñarme en doctorarme. Quizá si hubiera sido capaz de elegir solo una carrera ahora estaría en un punto radicalmente diferente (esto «quizá» no, seguro). Quizá tendría que haber apostado por lo que quería mucho antes, y haberme dado la oportunidad de fracasar escribiendo en primer lugar. Quizá fue egoísta traer a alguien más a este mundo en llamas que no sé cómo contribuir a extinguir. Quizá. Quizá. Quizá. Siempre he vivido relativamente cómoda en la incertidumbre, pero ahora… me cuesta.

Este verano cumpliré 40, y la simbólica fecha coincide con la necesidad de un giro a mi carrera que, por primera vez, me cuesta saber en qué dirección quiero que me lleve. La teoría me la sé, de verdad. Sé que es importante hacer algo con lo que me sienta en sintonía con mis propios valores. Sé que en momentos como este lo que se debe hacer es «coger el timón» y «priorizarse» y «apostar por uno mismo». Pero también sé que a casi todas las teorías les falta calle… y me cuesta.

Porque cuando has conocido a tantísimas personas, cuando has probado tantas fórmulas, cuando has estado en tantos sitios, cuando has hecho eso de hablar mucho pero sobre todo, de escuchar el doble, cuando has arriesgado, y has ganado, y has perdido, cuando te has reinventado media docena de veces, lo que ocurre es que se te llena la cabeza de «sí, pero…», que ya no puedes creer en las fórmulas mágicas, en las pautas sencillas, en los sistemas a prueba de fallos, en las lógicas universales. Yo, que he sido toda mi vida una entusiasta, ahora soy una escéptica… y me cuesta.

Y no es condescendencia. Ya querría yo tener el entusiasmo, la ingenuidad y la creatividad que tenía hace quince años. El convencimiento de que mis intereses de investigación podían abarcar «todas las cosas de la sociedad en la que vivo que creo que deberían cambiarse», nada menos. Los años te quitan energía, pero te aportan sabiduría, de acuerdo. Sin embargo, en un mundo frenético me parece mucho más útil lo primero que lo segundo… y eso también me cuesta.

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