Y tú, ¿qué querías ser de mayor?

Ayer por la tarde estuve dando una pequeña charla sobre cómo usar Internet de forma más prudente a una clase de niños de 11 años, por petición de una profesora del máster. Es una de esas cosas que parece mucho más sencilla cuando la piensas que cuando te pones a hacerla. ¿De qué hablarles a quienes conocerán como la palma de su mano una «parte» de Internet por la que yo me muevo poco? La verdad es que temía bastante que lo que a mi profesora le parece un conocimiento experto a ellos les pareciera pura charlatanería (ejercicio práctico de qué ocurre cuando no superas la prueba de la madre). Finalmente, me apañé bastante bien y conseguimos hablar de todo lo bueno y lo malo de la red, sin dramatismos ni exageraciones ni por uno ni por el otro lado: Internet como fuente de información contrastable con profesores y padres, disfrutar de los juegos on-line pero procurar hacerlo jugando con otros y sin dejar de jugar a otras cosas, acceder a contenidos culturales de forma legal y evitando el malware, tratar a los demás con respeto evitando y denunciando el ciberbullying y el bullying a secas, y cómo comunicarse con gente de forma sensata: no hables con extraños, v. 2.0. Divertido.

El caso es que cuando mi profesora me presentó me sentí extrañamente traidora. La verdad es que tengo la suerte de tener una profesión y estar a punto de empezar en un puesto que son muy atrayentes para personas de esta edad, pero, en realidad, ¿dónde creía yo que iba a estar cuando tenía 11 años? Ya me pasó mientras preparaba la presentación y me preguntaba qué me interesaba a mí con 11 años (independientemente de que, claro, no lo hiciera en Internet). ¿Quería ser quien soy cuando fuese mayor?

Con 5 años quería ser pintora y vivir en París o Nueva York. Actualmente tengo vínculos fuertes con ambas ciudades, pero me temo que he tenido que asimilar mi incapacidad total para la expresión plástica. Aun así, sigo pensando en dibujar las fotos que no puedo hacer.

Cupcakes de Reyes Magos y Hello Kitty como estrella invitada

Con 6 años quería ser pastelera. Iba a tener una tienda que se llamaría El ratoncito Pérez y comería dulces todo el rato. Y, bueno, no tengo una tienda, pero después de muchos años de independencia me he reconciliado con la cocina gracias al impulso de Ruth, de Apetit’Oh!, que hasta me enseñó a hacer cupcakes estas navidades. Poco a poco, cocinar, y en cuanto que me termine de reconciliar con mi horno especialmente la repostería, se ha convertido en una válvula de escape.

Con 7 años quería ser escritora. Tanto es así, que hasta decidí qué iba a estudiar. Había un concurso de redacción de Barbie en el que tenías que presentar tu vocación. Yo dibujé a una Barbie sentada en su máquina de escribir y hablaba de estudiar Filosofía y Letras, leer mucho, pensar mucho y escribir novelas para niños. A día de hoy, aunque acumule polvo en el cajón, al menos puedo decir que tuve constancia suficiente para acabar mi novela juvenil y que incluso disfruto releyéndola y sintiéndome como si tuviera 15 años.

Con la adolescencia, mis vocaciones fluctuaban permanentemente. Quería ser periodista, pero un suceso trágico muy cercano y muy mal tratado por la prensa me hizo tomar una distancia con ellos que se convirtió en auténtica manía (afortunadamente me he ido calmando con el tiempo…). Soñé con ser hacker pero me sentía cobarde para dedicarme a semejante cosa. Me encantaba la bioquímica, y quise ser farmacéutica, pero la física se me atragantaba todo el rato y mi profesor de estadística de bachillerato me llamaba, directamente, chicadeletras, así que supongo que no tenía mucho futuro por esa vía. Pensé en estudiar Historia del Arte, aunque creo que es la vocación más breve que he tenido en mi vida (y ya es decir). Quise hacer Publicidad, pero leí 11,99 €, de Beigbeder, y me dio un miedo atroz quedarme sin principios. Pensé en estudiar Sociología, pero irme a estudiar a Granada sencillamente no era una opción. Llegué a decir en una charla de orientación que quería ser «actriz, o escritora; y si no, camarera. Para tener tiempo de escribir y actuar por las mañanas», provocando una preocupación considerable en mi entorno con ese alarde de bohemia.

Un vecino me invitó a actuar en su corto y concluí que era eso lo que quería hacer. Empecé Comunicación Audiovisual. Rodé algunos cortos y escribí bastantes más. Pero no cuajó.

¿Y ahora?

Ahora terminé siendo publicista, y ya no temo por mis principios. No pude ser socióloga, así que hice un máster y en «mis ratos libres» hago una tesis en sociología, como si semejante cosa pudiera ser un hobby. Hace años que no hago ni un amago de actuar, pero escribo todos los días; para mí, o para otros. Y nunca aprendí a colarme por agujeros de seguridad, pero me encanta toquetear los códigos fuente de las páginas. Afortunadamente, porque cada vez parece que va más unido lo de comunicar y programar (ya decía mi padre que la programación era un idioma…). El resto de mis vocaciones se han convertido en intereses personales; y, paradoja, una de mis aficiones se está convirtiendo, parece ser, en profesión.

Casi no puedo esperar a que sea oficial para compartirlo con todo el mundo porque estoy segura de que es el trabajo más bonito que he tenido en mi vida, y me parece que es lo que he querido hacer desde que empecé a considerar a Douglas Coupland entre mis escritores favoritos, pero ni siquiera ha aparecido en esta lista.

Ayer, alguno de los niños dijo que de mayor quería dedicarse a la Publicidad. Me encantaría preguntarle qué ha sido de él dentro de quince años.

¿Vosotros supisteis alguna vez que estaríais donde estáis?