Cementerios digitales

Ayer fue uno de esos días en los que parece que todo el mundo se pone de acuerdo para hablar de lo mismo, y le tocó el turno a la tasa de abandono de las cuentas en redes sociales; no tanto por consenso como por la publicación del Observatorio de redes sociales de Cocktail Analysis (aunque lleva publicado meses, pero en fin, la utilidad es una cosa y la visibilidad otra, como bien sabemos).

En laSexta Noticias, en la SER, en Puro Marketing, la conclusión destacada era la misma: Twitter es un fenómeno de moda, pero lo cierto es que ostenta una de las tasas de abandono más altas del 2.0 (superado por Hi5, que, en fin, y por myspace, que dado el grado de bandas amateur que se disuelven tampoco es raro). En realidad, era mi caso. Mi cuenta original de twitter tiene dos años pero nunca entendí por qué iba a esperar nadie que yo publicase algo. Mi concepto de twitter era el de un agregador de RSS que buscaba teletipos más que noticias, y puesto que no tenía la menor intención de convertirme en Europa Press, siempre pensé que tenía poco que aportar. También es cierto que hace dos años tampoco conocía mucha gente que rondase por aquellos lares y que ya me había aburrido unos cuantos meses en Facebook (a finales de 2007 tenía muy pocos amigos en la red y me limitaba a lanzarles ovejas y a contestar quizzes sobre series de televisión; no había mucho más que hacer) y no le veía el sentido a repetir el proceso.

El caso es que por lógica, aquellos que llevan-llevamos mucho tiempo en redes sociales son-somos por naturaleza early adopters. Personas curiosas para las que la tecnología no es un enemigo o una barrera, sino una herramienta, en muchos casos transparente (como señala Miguel del Fresno al indicar por qué el adjetivo «virtual» cada vez es menos adecuado para tratar a la vida en la red). A eso se suma, además, el auge de las profesiones online y 2.0. Recurro a un artículo durísimo que leí ayer en el blog de Santi García: «El mercado de trabajo se globaliza, ¿y a mí qué?» La presión para mantenerse al día, para ser más innovador que el resto, para destacar sobre la media, termina generando una especie de coleccionismo de cuentas a lo Pokémon. Tenemos nuestra existencia digital diseminada por toda la red, y una parte importante de ella son plataformas, redes, portales, aplicaciones y servicios a los que no sólo no accedemos sino que probablemente ni siquiera recordamos que existen.

Yo misma soy miembro, dejando a un lado los sitios enlazados a la derecha y que sí que uso, de Hi5, de Badoo, de Messenger, de Tuenti, de Formspring y Quora, de Flickr, Fotolog e incluso Photoblog (aunque siempre he sido mediocre como fotógrafa). Intento unificar mis perfiles en about.me y en Soooshial (también un «trending topic» ayer entre bloggers). Consumo contenidos a través de Slideshare, de YouTube, de StumbleUpon (aunque ojo, procrastinadores, porque es una herramienta del demonio). Tengo varios blogs, de los cuales al menos tres están muertos si no oficialmente, en la práctica (porque dejé de preocuparme por el tema, porque se diluyó el colectivo que escribía, porque me aburrí de la plataforma en la que estaba…). Abrí una cuenta en Foursquare antes incluso de cambiar de móvil a un dispositivo que no se colgase con su app. Además, claro está, tengo una carpeta en Favoritos llamada «Vigilar» (suena fatal, ahora que lo pienso) donde se agrupan los nuevos sitios en los que ya, honestamente, me da pereza darme de alta: BundlrTopickr, Blaving, Spoolite, Exilio (que tenía muy mosqueada a mi amiga y compañera @vexerina)…

Tengo la sensación de que cada vez más lo que surgen son aplicaciones para publicar el mismo contenido en todas y cada una de estas cuentas. Oficialmente tenemos una presencia fragmentada, microsegmentada. En la práctica, ni yo ni nadie tiene tiempo material para atender como se debe a semejante número de perfiles (de las redes profesionales, ni hablamos, claro).

Cada vez nos parecemos más a Alicia. Siguiendo al conejo a donde quiera que nos lleve. Obsesionados con estar en todas partes, con no perdernos nada. Con miedo a que lo interesante pase justo después de que nos vayamos, o en esa fiesta a la que no vamos, o en esa reunión a la que nos convocaron como «asistente opcional». Corriendo para abrirnos la cuenta antes que nadie, para luego, inmediatamente, abandonarla porque no hay nada que hacer en ese mundo vacío. Y dejando atrás un sinfín de cadáveres en cementerios digitales que se multiplican por la red. Residuos binarios en el éter.

En realidad, visto con perspectiva, es un hábito tristísimo.