Para qué NO sirve twitter

Leo hoy en un artículo de Ciberpaís a Javier Celaya diciendo que vivimos en una «Sociedad bella durmiente». A mí, que me chiflan las relaciones sociedad occidental-mundo Disney, me llama la atención enseguida y aunque ando muy justa de tiempo acabo por pinchar y leer.

Leo es un decir. Porque paso por el artículo tal y como a Nicholas Carr le preocupa, demostrando con mi lectura diagonal mi «digitalismo nativo». Creo que no me quedo con ninguna frase (salvo con «si no cuenta, son cuentos»; pero es trampa, porque es la que el periodista quiere que retenga, y eso lo único que demuestra es no tener criterio) hasta que, ¡zas!, ahí está: «La gente no se da cuenta de que también cambian la forma de escribir. Desde la irrupción de Twitter he notado que las frases son más cortas y la prosa más directa».

Si todo se convierte en que hacemos frases más cortas y más directas, no debería existir problema alguno. Para muchos, twitter está siendo una forma de aprender «por las malas» aquello que nos explicaban en primero de carrera a los no-periodistas-pero-en-fin de las 4-C: Claridad, Concisión, Corrección, Coherencia.

[Está bien, dejémoslo en Claridad y Concisión.]
 
Los 140 caracteres imponen varias limitaciones. Orientan la escritura hacia el eslogan, hacia la frase que sentencia, al puntoyfinal de la conversación. Cosa que, tal y como yo la entiendo, va en contra del espíritu de diálogo que debería marcar toda comunicación que quiera llamarse 2.0. Ser breve es genial: ahorra tiempo a tus lectores. Ser breve para que puedan hacer un RT que incluya tu nombre de usuario ya no es tan generoso pero es, al fin y al cabo, una exigencia de aquellos que utilizan el medio para posicionarse (como marcas o como personas). Pero ser tan breve también impide que cualquier comunicación en twitter sea fruto de una reflexión profunda, ordenada y argumentada. Y esto tiene consecuencias.

En primer lugar, que como decía Vigalondo antes de convertirse en el apellido de affaire, es un medio por naturaleza irreflexivo, y por tanto es complicado tomarse en serio lo que en él aparece. Y sin embargo, se toma en serio, diariamente. Para muestra, su caso.

En segundo lugar, que lo que llamamos diálogo en twitter en muchas ocasiones no lo está siendo. Se parece más a una sucesión de monólogos a gritos en un speakers corner de tamaño gigantesco, a una conversación de besugos, o, si queremos quitarle el matiz negativo, a una escena de Esperando a Godot que a un diálogo. Tu pregunta y mi respuesta no caben. Así que hablamos los dos al éter, entendiéndonos a veces. Y otras veces, no.

Twitter debería ser una fuente de distribución de contenidos, un menéame en el que eliges tus fuentes. Una plataforma para dirigir a tu público hacia otro sitio (como hacen muy bien, reconozcamos el mérito, el equipo @desdelamoncloa) donde puedes argumentar con claridad tu postura, donde pueda ampliar la información: a un vídeo, un artículo, un foro; una dirección de correo electrónico, si la conversación lo hace necesario.

Twitter es una maravillosa forma de comunicación instantánea in situ para la retransmisión de acontecimientos en tiempo real. No hace falta que sea un acontecimiento político de relevancia internacional; se ajusta perfectamente a los comentarios sobre una retransmisión. Como le decía a una amiga con ocasión del congreso iRedes, el streaming tiene cosas maravillosas: entre ellas, que es barato y que te permite cuchichear con mucha más gente de la que te cabría sentada al lado.

Twitter es una red fantástica donde intercambiar comentarios ingeniosos entre amigos.

Pero twitter tiene limitaciones. Siguiendo con el argumento de Celaya con que abría este post, es evidente que todo medio de comunicación tiene la capacidad de alterar nuestro lenguaje, y eso no es en sí un aspecto negativo. Deberíamos aprovechar los nuevos lenguajes en toda su potencialidad, pero deberíamos hacerlo para aquellos objetivos a los que sirven, sin olvidarnos de que seguimos necesitando otros medios. Seguimos necesitando blogs y seguimos necesitando periódicos. Seguimos necesitando conversaciones por teléfono, y cara a cara. Seguimos necesitando callarnos y pensar antes de opinar sobre algo. Y a veces necesitamos decir una barbaridad instantáneamente. Pero todas esas formas de comunicación deben ser complementarias.

Ni siquiera todos los anuncios se componen exclusivamente de un eslógan.