Profecías semi-cumplidas

El último ejercicio previsto para la asignatura es el comentario del documental que podéis ver arriba. Se trata de «La estrategia de Simbad», segundo capítulo de la serie «Voces contra la globalización, emitido por RTVE entre 2006 y 2007.

En primer lugar, me gustaría recoger la idea que ya han planteado dos de mis compañeros en sus blogs (Siempre con Swing y La Barbería): este documental, al que se le puede alabar una visión de contexto que ayuda a la comprensión de los problemas que tratan (en lugar de esa narrativa fragmentada tan en boga en nuestras televisiones y que estamos analizando en otra asignatura), es un producto que finalmente sólo llega a personas que ya están concienciadas con el problema de la globalización tal y como está planteada. Me gusta, en concreto, la metáfora que utiliza BlackTaylor sobre los feligreses, que creo que lo dice todo sobre los públicos predispuestos.

Dado que ya hemos comentado tanto aquí como el resto de los blogs de clase el tema de la educomunicación y la eficacia potencial de estos productos audiovisuales, me gustaría hacer mi reflexión en otra línea, más centrada en el propio vídeo y en la problemática que trata.

Me resulta fundamental el planteamiento inicial del documental, que considera las migraciones como una necesidad del nuevo orden global, que requiere «entender cómo piensa el otro para sobrevivir» (aunque resulta curioso que se plantee cuando precisamente el discurso del migrante es el único que en lugar de subtitularse se dobla, separándolo de todos los analistas del Primer Mundo). Hace unos días me llamaba la atención en el metro un anuncio dirigido a la comunidad ecuatoriana, que les recordaba que su Constitución recoge el derecho a migrar bajo el eslogan «Todos somos migrantes». Y, como recoge Fatema Mernissi, ese todos incluye a los privilegiados (que nos lo digan a los que andamos buscando directores de tesis).

Se habla a lo largo de todo el documental de cómo sería posible unir a las fuerzas trabajadoras globales, más allá de las diferencias que puedan sentirse entre un trabajador del primer mundo y sus homólogos en Asia o África. Me resulta curioso que no seamos conscientes de que si bien las estrategias son diferentes, el orden a que se nos somete es similar. Ya en clase vimos un documental sobre las maquilas donde se hablaba de jornadas laborales de doce horas. No pretendo equiparar doce horas de trabajo en una fábrica textil con doce horas de trabajo en una oficina con aire acondicionado sentado frente a un ordenador, pero creo que hay que hacer una reflexión sobre las similitudes.

Si en La Maquila: Beneficio o perjucio se buscaba luchar contra el desconocimiento de sus derechos que tenía la fuerza trabajadora, ¿qué se está haciendo en nuestras empresas «responsables» actuales? Profesionales altamente cualificados trabajan gratis o a un precio muy inferior al salario mínimo, enlazando contratos de prácticas uno tras otro porque ya no se ofertan puestos decentes, sino que se coloca a los «becarios» en el organigrama como un recurso productivo eficaz y barato. Las horas extras no se cobran prácticamente en ningún sitio. La trampa discursiva: la llamada «dirección por objetivos» y la retórica de la «conciliación», esas políticas por las que uno no tiene horarios y puede entrar a la hora que considere oportuna y tomarse la mañana libre para llevar al médico a sus hijos, porque se le va a medir por su producción, y esta puede esperar a que llegue a casa y «teletrabaje» después de cenar, las horas que hagan falta, incluso sábados y domingos.

Y nos sentimos privilegiados por ese orden laboral en el que nos creemos tener libertades. Como se dice en el documental, hoy día ser un trabajador explotado es prácticamente un lujo. Toda esa fuerza productiva de «jóvenes aunque sobradamente preparados» son conscientes de sus derechos laborales, pero ya no creen en ellos; mucho menos, en defenderlos. Como dije en otro post en relación a los periodistas, la pregunta es dónde se puede trabajar en otras condiciones. Como expone Ramonet, las empresas no necesitan deslocalizarse si encuentran trabajadores a coste «chino». Y gracias al enorme poder que han ejercido multinacionales en todos los países, cerrando sus fábricas sin la menor duda ética, en nombre de la racionalidad mercantil, sabemos que el precio de la resistencia es seguir sumando a ese más del 20% de parados que tenemos en este país.

Lo impresionante del documental es su capacidad predictiva. Tres años después, se cumplen a rajatabla las advertencias de Fernández Durán: se ha devaluado la fuerza de trabajo, y se está recortando el Estado del Bienestar. Como indica Sartori, Europa puede comprar productos baratos gracias a la producción de China, pero el consumo no puede aumentar, porque en Europa lo que quedan son parados. El enorme endeudamiento de la fuerza de consumo norteamericana se considera el detonante de esta crisis económica de la que no está muy claro que nadie sepa cómo salir.

Sin embargo, percibo en el documental un subtexto que no acaba de convencerme. Es probable que obedezca a mi reciente paranoia tras la campaña de Estosololoarreglamosentretodos, pero me parece que se está intentando crear una conciencia de responsabilidad en una ciudadanía que no ni de lejos es la mayor responsable de lo que está ocurriendo. Carlos Taibo y Domingo Jiménez apelan a los intereses egoístas, como si simplemente fuéramos incapaces de entender el concepto de justicia global. Jaume Botey dice directamente que «mientras nosotros queramos productos baratos, habrá niños esclavos». Me parece simplista y condescendiente creer que los consumidores no saben que existen fábricas donde se trabaja en condiciones de semiesclavitud (volviendo al principio, partimos de que el público de este documental está sensibilizado). Para mí, la pregunta no es si queremos pagar productos más caros, es si podemos hacerlo con un subsidio de desempleo del que la hipoteca se lleva más de la mitad; dónde podemos consultar una lista pública de empresas que generan sus productos y servicios desde el respeto por los derechos humanos y laborales y al medioambiente; dónde están las instituciones y por qué no están prohibiendo las deslocalizaciones u obligando al «etiquetaje biográfico» de los productos (como sugiere Beck), para que se pueda comprar de una forma responsable.

Y, puestos a preguntarnos, me pregunto dónde están esos conflictos sociales que Fernández Durán anunciaba en su por lo demás cumplida profecía, y por qué no dejan de «hibernar», como bien dice George, los partidos que deberían estar mirando por los trabajadores. No sé cuánto más debemos esperar que pase para empezar a exigir que las cosas cambien.