Estrategias para dar valor a los contenidos digitales

La semana pasada se celebró en Madrid la edición anual de FICOD, la feria internacional de contenidos digitales. Como de costumbre, el programa era absolutamente interesante y como además de ir a congresos, hacer networking y autopromocionarse, es importante trabajar, acabé por perderme algunas de las ponencias que más me llamaban la atención.

Una de ellas era la realizada por iClaves para presentar su informe «El precio de los contenidos digitales. ¿Qué valor económico otorgan los ciudadanos a los contenidos digitales?«. Considerando que trabajo en un sector que se basa en el F2P o Free To Play, me resulta muy interesante qué valor tienen para nuestro público los contenidos que les proporcionamos. Porque con el auge del 2.0, se nos llena la boca hablando de marketing de contenidos, pero a veces olvidamos que la oportunidad que ofrecen las nuevas tecnologías para difundir contenidos ha creado una generación de prosumidores, y la gente que difunde sus propios contenidos de forma gratuita, lógicamente, tiene dificultades a la hora de considerar que los contenidos que difunden los demás deban tener un precio.

Además de estos, también existe un núcleo importante de personas que parten del presupuesto de que Internet es gratis y punto. Es el eterno debate sobre los derechos de autor. ¿Hasta qué punto puedes cobrarme por un disco lo mismo que pago por una conexión a Internet con la que puedo descargarme los discos que quiera?

Este debate es largo y complejo y por tanto no se ajusta bien al formato de post. Sin embargo, lo que trasluce el informe de iClaves es que existe una buena predisposición a pagar por parte de la mitad de los usuarios que consumen contenido digital. Curioso contraste con la realidad de las personas que pagan a día de hoy por los contenidos digitales, que es francamente escasa en términos representativos.

En mi opinión, podemos encerrarnos en nuestra torre y exigir que valoren nuestro trabajo, podemos pedir menos, o podemos ofrecer algo más. La primera actitud es la de la SGAE, que ha sido reconocida este año como la institución peor valorada de España; creo que eso lo dice todo. La segunda actitud es la de opciones como Spotify, que por 10 euros al mes en su modalidad más cara ofrece acceso ilimitado y multidispositivo a un catálogo amplísimo de música; un precio que probablemente no es sostenible si no es pagado por un gran público, pero que al menos resulta suficientemente asequible como para aspirar a ese público mayoritario.

La tercera estrategia es la más creativa y me parece que se utiliza poco, por eso quería destacar el caso del lanzamiento del nuevo disco de Bigott (Grabaciones en el Mar, 2011). Un concepto a lo Charlie y la Fábrica de Chocolate: 10 de los discos contienen entradas ilimitadas a todos los conciertos de Bigott y uno de ellos, además, a todos los festivales en los que participe el artista.

Me parece una idea magistral. ¿Qué coste suponen para la discográfica esos 11 lotes de entradas? Probablemente, cero. Incluye el componente de reto y de azar, y hace que el disco sea un producto deseable, que la compra sea urgente.

Habrá que ver cuántas copias son capaces de vender (a mí personalmente me parece un disco maravilloso, además de un lanzamiento brillante; eso, claro, ayuda), pero a priori creo que las grandes discográficas deberían aprender algo de los pequeños sellos alguna vez.